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Código Político. (Anti) democracia
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Juan José Arreola La virtud política y el defecto social del Partido Revolucio-nario Institucional (PRI) así, fu-sionados ambos elementos en un solo ejercicio, se llama “candidaturas de unidad”. Esta figura político-parti-dista acuñada por la tradición priista desde hace más de 70 años (aunque con otro nombre), ha prevalecido, superado obstáculos y sobrevivido a la renovación del tricolor, al grado tal de haber mudado solamente de nombre y así, sin más problemas, prevalecer en el proceso de transición del viejo PRI al nuevo PRI. |
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La virtud de esta forma de elegir candidatos es que obliga a la militancia toda, favorecidos o no, lastimados o premiados, a “cerrar filas”. La regla no escrita pero sí aprendida es que todo mundo debe de “apechugar” aunque, claro está, siempre hay quienes no terminan de asimilar el “bajón”. La apuesta es que sean los menos los que expresen pública y abiertamente su descontento. Hay un mecanismo complementario que permite que el proceso se constituya -valga la expresión- en un círculo virtuoso que garantice los menores daños posibles. Es otra fórmula de cuño priista y que también ha salvado la transición del viejo al nuevo partido: el máximo elector, popularmente definido como “dedazo”. Cuando el PRI gobierna algún estado, invariablemente sus militantes se sienten protegidos por “el primer priista de la entidad”; saben que tiene a una persona ubicada en el nivel de la supra dirigencia, con meta capacidades y prerrogativas indiscutibles, incuestionables. Por algo es el “primer priista de la entidad”. Es él el responsable de definir rumbos políticos, de tomar las decisiones más convenientes para el partido, de decidir quién sí y quién no ocupa tal o cual cargo, candidatura o posición política. Es la tradición priista. Este proceso tiene, igualmente, una parte negativa aún cuando no siempre aflora. Premia las carreras políticas, la cercanía con el gran elector, lo que no necesariamente se corresponde con la presencia entre la ciudadanía de la o el elegido. De igual manera, el proceso está reñido con un ejercicio real de democracia; es cierto que el elector dispone y los integrantes del Consejo Político o la militancia en pleno, apoyan esta decisión. Técnicamente podríamos decir que la postura de la mayoría se respeta. Lo que falta, sin embargo, es el derecho de proponer, de votar libremente, de expresar puntos de vista discordantes a los del gran elector. El PRI es una mole que se rodea con el halo de la unidad forzada. No obstante estos contrastes, la fórmula funcionó en el proceso comicial del 2009 al grado tal que José Calzada Rovirosa es gobernador desde entonces. En las próximas horas sabremos si la añeja fórmula sigue siendo infalible. *Elección azul Al igual que el PRI, el Partido Acción Nacional (PAN) cuenta con un mecanismo electoral que denomina democrático pero que encierra en sí mismo virtud y defecto. Es virtuoso porque a la gran mayoría de sus integrantes los convence de que es eso, un mecanismo que no puede superarse en cuanto a pulcritud democrática, aún cuando no sea exactamente así. Cierto también es el hecho de que la mayoría de sus procesos resultan ser resueltos vía la votación directa de sus integrantes, lo que sin duda fortalece al partido. Sin embargo, existe por encima del mecanismo de elección, un organismo rector que antes de los procesos determina en dónde sí y en dónde no se aplica esta forma de elección. En sus estatutos, el PAN establece que existe otra forma de elegir a sus candidatos, más allá del voto en las urnas; es la designación. Es decir, la imposición de candidatos por parte de la dirigencia nacional del partido. No es poca cosa si recordamos que en los comicios del 2009, el blanquiazul en Querétaro procedió a designar candidatos en municipios como Corregidora y El Marqués; el resultado fue la derrota al igual que en el resto de postulaciones en las que procedió de esta manera. Las excepciones para aplicar esta regla han sido rotas. Hoy el PAN emplea la designación para cubrir sus cuotas de poder; y otra vez el ejemplo que tenemos muy cerca es queretano, el de Ricardo Anaya Cortés a quien se le designó desde el CEN como candidato a diputado federal por la vía plurinominal. El ex secretario particular de Francisco Garrido Patrón no solamente se ahorró el esfuerzo de competir internamente por la postulación, también se ahorrará la competencia externa pues al ir en la lista plurinominal, lo único que tiene que hacer es rezarle al santo de su devoción para que alcance a entrar. ¿Qué méritos tendría Ricardo Anaya para ser agraciado con estas decisiones? Desde nuestro punto de vista no solamente son escasas; más bien, hay más elementos negativos que positivos. La designación -establecen los estatutos del PAN en el apartado B del artículo 43- se ejerce, entre otros motivos, para cumplir la regla de equidad de género; es decir, para garantizar que no más de 60 por ciento de sus candidatos son de un género, lográndose así que al menos el restante 40 por ciento pertenezca al otro género. Pero en esta ocasión no usó la designación para cumplir con este compromiso, sino con el de los grupos de poder. Por eso es que el PAN tampoco puede presumir que su ejercicio es democrático; recuérdese que el origen de esta palaba (democracia) refiere decisión o poder del pueblo o de la mayoría. En el blanquiazul no se cumple. Por eso es que en los dos partidos políticos merodea el fantasma de la división; los focos rojos del tricolor están encendidos -notoria pero no únicamente- en San Juan del Río vía el conflicto entre Fabián Pineda y Gerardo Sánchez Vázquez, y en El Marqués, en una trifulca en la que están involucrados Roberto Oviedo Serrano y Eduardo Curiel Gómez. En el PAN la pelea se concentra en Corregidora, entre Antonio Zapata y Rafael Montoya y en donde la dirigencia nacional ha tomado la opción de designar al candidato. |