26 de junio del 2009

Código Político. ¿Para qué debatir?

Por Juan José Arreola

En la contienda electoral de 1997, una y otra vez, el candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) a gobernador del estado, Fernando Ortiz Arana, se negó a debatir con el abanderado del Partido Acción Nacional (PAN), Ignacio Loyola Vera. No quiso ir al debate previsto en la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ) e igualmente se negó a confrontarse con el candidato del blanquiazul en diversos foros, incluyéndose las aulas de la Escuela Normal de Querétaro.

Ortiz Arana actuó de tal manera porque -presumiblemente- le “vendieron” la idea de que iba adelante en las encuestas de preferencias electorales y en consecuencia, debatir le implicaba abrir la posibilidad de que su principal contrincante tuviera mayor proyección y por ende, pudiera recortar distancia.

Fue un grave error.

Dicen los teóricos del marketing electoral -como Carlos Fernández Collado, Roberto Hernández Sampieri o Ricardo Homs, solo por citar algunos- que debatir entre candidatos es una obligación cívica y en consecuencia, siempre hay que estar preparado para ello.

Por eso fue un grave error de Ortiz Arana, pues trasmitió a la ciudadanía -independientemente de que fuera o no cierto- una imagen negativa, permitiendo que se pensara que no quiso debatir porque era un candidato débil o porque algo ocultaba.

* Doble filo

Y si bien es cierto que todo candidato debe siempre estar preparado a debatir -por el hecho mismo de que siempre debe estar dispuesto a dar la cara al electorado- el debate es, innegablemente, un arma de doble filo.

Por un lado, porque si el candidato es mal orador, es lento al responder, no es inteligente o tiene un carácter negativo, significa que el partido político ha hecho una mala elección, pues proyectará poca confianza al electorado.

En 1960, cuando por televisión se trasmitió por primera ocasión un debate entre candidatos, en el que participaron John F. Kennedy y Richard Nixon, la percepción del electorado fue favorable al primero.

Nixon se mostró desaliñado, poco jovial e incluso -dice la crónica de la época- llegó sin afeitarse. A partir del debate, Kennedy, que iba abajo en las preferencias, tomó la delantera y terminó ganando las elecciones.

Desde entonces se ha reforzado la idea de que el debate es, también, una oportunidad fundamental para el candidato o candidata que no puntea en la intención de voto, para que haga de éste, una oportunidad de oro para recuperar terreno y, si es posible, para superar al aspirante que va en el primer lugar.

Por consecuencia, el que va abajo, puede incurrir en el error de urgirle debatir y, por ende, buscar a toda costa que tal escenario se construya lo más pronto posible. En contraparte, quien va arriba en las preferencias tratará de no dar esa oportunidad a sus contrincantes y, por consecuencia, tratará de postergar el debate y llevarlo, si es factible, a los últimos días del periodo de campaña.

Tal cual sucedió en el debate de los candidatos presidenciales mexicanos en la contienda comicial de 1994, en el que participaron Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, Ernesto Zedillo Ponce de León y Diego Fernández de Cevallos.

Este último iba en el tercer lugar de las encuestas y, sin embargo, salió triunfante de la confrontación al grado tal de que si hubieran sido las elecciones al día siguiente, el panista se habría levado el triunfo.

* El juego de las encuestas

El otro filo de la navaja tiene que observarse desde el ángulo de las encuestas, un instrumento estadístico que se ha convertido o, mejor dicho, que le hemos dado un supra-valor, haciéndolas pasar como la “opinión pública”; es decir, una especie de verdad absoluta e irrebatible porque -interpretamos- es el pensar de la población.

Esta visión, al hacerse pública a través de los medios de comunicación, proyecta una realidad falsa, pues engañosamente se hace pasar por “noticia” cuando no lo es, pues no refleja la postura de toda la sociedad; esto es, la encuesta no es la opinión pública a pesar de lo cual se intenta hacer pasar como tal.

Recordamos, por ejemplo, que en el proceso electoral de 1997, se aplicaron más de una veintena de encuestas sobre la intención de voto de la ciudadanía queretana.

De los 23 estudios de opinión que se aplicaron hace doce años, 22 concluían que quien ganaría la contienda electoral era Fernando Ortiz Arana porque iba arriba entre la “opinión pública”.

Dicho en otros términos, se trató de convertir a las encuestas en la opinión pública. El resultado de las elecciones demostró que no es así.

Por eso es que ahora la realización de uno o más debates entre los candidatos y su difusión por radio y televisión se ha convertido en un espectáculo que como tal, requiere de escenografía, de maquillaje, iluminación y actuación de los protagonistas.

Es un show y como tal requiere de todos esos elementos, porque a fin de cuentas lo que se está “vendiendo” es una mercancía.

* Debate por el debate

El rector de la Universidad Autónoma de Querétaro, Raúl Iturralde Olvera le informó al Instituto Electoral de Querétaro, específicamente al consejero Arturo Adolfo Vallejo Casanova, que este lunes 15, fecha fijada para la realización del debate en el auditorio “Fernando Díaz Ramírez”, éste sería ocupado.

Explica el rector que ese mismo día toman posesión los nuevos directores de las escuelas y facultades y desocuparían alrededor de las cinco de la tarde.

Tres horas de tiempo para poder arreglar la escenografía y todos los requerimientos propios del debate, resultan insuficientes, por lo que la comisión del IEQ decidió optar por la segunda sede que ya se había aprobado: el Club de Industriales de Querétaro.

El cambio, tan sencillo como lo explicado líneas arriba, no quiso verlo así José Luis Aguilera, líder de Convergencia. En ese cambio observó favoritismo para el PAN. Tampoco yo entendí.

Lo simpático del asunto -si se le puede ver así- es que Arturo Vallejo, en visión de los panistas, se inclina a favorecer al PRI. En visión de Convergencia, tiene tendencias hacia el PAN.

Es la grilla, sin lugar a dudas.

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