27 de marzo del 2012

Código Político. Desilusiones

Juan José Arreola

¿Juan Arturo Torreslanda García fue usado por el PRI, desconocía las reglas del juego o en realidad perdió en buena lid? Durante los aproximadamente 8 meses que estuvo en campaña escudado en la asociación civil “Manos a la Obra”, quedó en claro que la imagen del empresario creció en conocimiento; mucho más ciudadanos queretanos supieron de él y lo identificaron con el Partido Revolucionario Institucional (PRI), ni duda cabe. También es real que a lo largo de este tiempo de campaña, en la medida en que aumentaba la cantidad de gente que lo identificaba, en esa medida aumentaba también el número de quienes pensaban que podría ser candidato a un cargo de elección popular.

Es decir, “El Pollo” Torreslanda tuvo sobre sí los reflectores y, en consecuencia, quedó claro que su presencia era superior a la del actual secretario de Gobierno, Roberto Loyola Vera. Por donde quiera verse.
Por eso estaba entendido que él, “El Pollo”, iba a la cabeza de las preferencias en las encuestas. Durante estos meses siempre fue así. Curiosamente, en la última encuesta –de las 3 que dijo Braulio Guerra que se aplicaron- la tendencia se revirtió.

*Renuncia obligada

El martes de la semana pasada, cuando Juan Arturo pudo asimilar la noticia de que tenía que abandonar la contienda, el coraje le afloraba por todos lados; el jueves 14, después de la conferencia de prensa en la que anunció –“disciplinadamente”- que renunciaba a su aspiración de ir por la candidatura, las lágrimas lo traicionaron.

El sentimiento de frustración se apoderó del empresario pues sabía perfectamente que ya nada se podía hacer. La decisión estaba tomada y el candidato no sería él.

La historia a veces se forja con hechos que lastiman, y este es el caso.

Cuando su hermano, Juan Ignacio Torreslanda García se enteró de que la dirigencia nacional de su partido pretendía quitarle la oportunidad de ser candidato a gobernador de Guanajuato y entregarle la postulación a José Ángel Córdova Villalobos, inició de inmediato una rebelión.

Por el twitter y posteriormente en persona y en reunión con los priistas guanajuatenses advirtió del riesgo de una ruptura en las filas del tricolor.

En unas cuantas horas, la dirigencia nacional del PRI reculó. Dio marcha atrás y abandonó la idea de que la candidatura fuera encabezada por el panista.

Acto seguido, hizo pública la determinación de que JuanI –como se le conoce- fuera ungido como su abanderado.

¿Juan Arturo debió haber hecho lo mismo? ¿Tenía que haber defendido sus derechos como militante del tricolor?

No tomó la opción que sí abrazó su hermano. Por el contrario, se disciplinó, refrendó sus votos priistas y validó el proceso mediante el cual mataron sus ilusiones de ser alcalde de Querétaro.

Ahora, el PRI tiene frente a sí otro problema: hacer crecer la figura de Roberto Loyola Vera en un lapso de tan solo 3 meses y medio, pues echó a la basura los 8 meses de campaña de Torreslanda García.

El crecimiento tendrá que ser, además superlativo de tal manera que le alcance para derrotar al inminente candidato del Partido Acción Nacional (PAN), Armando Rivera Castillejos.

Por la dimensión de la contienda, por la presencia del candidato del blanquiazul, por el comportamiento electoral de la ciudadanía, está claro que el PRI necesitará más que eso para pensar en ganar.

*Renuncia demandada

En el PAN también se gestaron problemas al no considerar la paridad de género en la elección de sus candidatos a diputados federales. Aquí, sin embargo, el conflicto en sí, no es para los electos sino para quienes fueron designados candidatos directamente por el Comité Ejecutivo Nacional (CEN).

El Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales (Cofipe) que es la ley reglamentaria de los procesos electorales, estipula, en su tercer párrafo, que los partidos políticos “promoverán y garantizarán… la igualdad de oportunidades y procurarán la paridad de género…”

El siguiente artículo del código precisa que esta paridad deberá reflejarse en las candidaturas, tanto al Senado de la república como a las diputaciones federales, que “deberán integrarse con al menos 40 por ciento de candidatos propietarios de un mismo género”.

Hasta donde iban las cuentas, el PAN había registrado 226 hombres; es decir, 75.3 por ciento de las postulaciones, en tanto que para diputados de representación proporcional lleva 126 registros de los cuales 76 eran hombres; es decir, más del 50 por ciento.

El párrafo segundo del artículo 219 del Cofipe establece que “quedan exceptuadas de esta disposición (40 por ciento de candidatos del mismo género) las candidaturas de mayoría relativa que sean resultado de un proceso de elección democrática, conforme a los estatutos de cada partido”.

Y de acuerdo a los estatutos del PAN, la elección de los 4 candidatos (hombres) a diputados federales por Querétaro, fue realizada democráticamente.

Es decir, León Enrique Bolaño, José González, Marcos Aguilar y José Guadalupe García fueron electos legalmente.

El problema se va a los candidatos del PAN en el país que se designaron por el CEN y que en estricto entendimiento, deberían ser los cambien para ceder el lugar a una candidata mujer.

El asunto es que desde el mismo CEN y por vía del Comité Directivo Estatal (CDE) se realizaron llamadas telefónicas (muchas, diríamos) a los 4 candidatos queretanos, para “invitarlos” a que “voluntariamente” renunciaran a sus precandidaturas, para ceder el lugar a una mujer.

Tres de los 4 precandidatos –supimos- se negaron a tomar ese camino. Incluso armaron equipos de licenciados en Derecho para prepara la defensa legal de sus precandidaturas si así lo ameritaba el caso.

Ese es el verdadero problema del panismo; es un conflicto por los cotos de poder en su dirigencia nacional, por lo que designaron candidatos para solventar sus compromisos de grupo y ahora se enfrentan a la ley… y a la potencial rebelión de su militancia que aparentemente ya no está dispuesta a solapar una acción antidemocrática más de su dirigencia.

Es, ni duda cabe, otra desilusión de la política mexicana.

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