20 de julio del 2009

Código Político: ¿Qué hacemos con el PAN?

FOTO: Edmundo Guajardo Treviño.

Por Juan José Arreola

Quienes aseguran (porque no sé si lo creen en realidad) que la renuncia o la destitución de Edmundo Guajardo Treviño como presidente del Comité Directivo Estatal (CDE) del Partido Acción Nacional (PAN) es el inicio de la reconstrucción partidista, equivocan el camino.

Cierto es que él, en su ca-lidad de presidente del partido en la entidad tiene una parte importante de responsabilidad en la derrota más estrepitosa que haya registrado el blanquiazul en toda su historia en Querétaro.

Empero, si su renuncia sirviera realmente como paliativo para enmendar el camino, junto con él -entonces- tendrían que renunciar o dejar sus cargos muchos otros panistas por cuya acción u omisión, su partido ha perdido la contienda comicial del 5 de julio.

Fernando Urbiola Ledesma y la larga temporada que pasó en Europa siendo diputado en activo; Francisco Garrido Patrón y su alejamiento personal y político de la ciudadanía; la inactividad de Ricardo Anaya Cortés como coordinador de las campañas; y Lucio Fajardo Orta y su indolencia como presidente municipal de Huimilpan, son apenas algunos de los que tienen responsabilidad en la no victoria panista.

*Cuestionamientos iniciales

El balance en las filas del blanquiazul se tiene que iniciar en otro punto; hacerlo a partir de solicitar renuncias es una actitud que oculta el análisis. No negamos que será necesario que varios -como lo decimos líneas arriba- tendrán que dejar sus cargos, pero no es el inicio.

Primero habrá que responder si los procesos de designación de candidatos fue un mecanismo correcto que sustituyó adecuadamente su nominación vía el voto directo de los militantes, como lo acostumbraba el panismo histórico.

Hoy, la cúpula del blanquiazul apostó por el “dedazo” para colocar candidatos, para evitar que la contienda abierta les generara divisiones, enfrentamientos y, a la postre, enconos.

Las cosas salieron al revés. El “dedazo” azul trajo divisiones al seno del partido y, derivadas de éstas, la ruptura.

Planteado este escenario, la segunda pregunta a responder es si hubo consciencia de que el partido llegaba fracturado al proceso electoral. Todo indica que no, que no había esa conciencia y por ende, se continuó con el plan de campaña, sin modificarlo un ápice.

Si la respuesta es afirmativa, de que sí se tuvo conocimiento de esta situación, el balance es peor pues se ignoró el problema y creció sin medida.

Así las cosas, hubo quienes -lastimados durante el proceso interno- se quedaron en las filas del PAN pero no trabajaron a favor de los candidatos. Ignoraron la contienda y, más aún, hubo otros que manteniéndose en las filas del blanquiazul, trabajaron en pro de candidatos de otros partidos.

Quizá uno de los mejores ejemplos sea Roberto Carlos Cabrera Valencia, quien compitió por la candidatura blanquiazul a la presidencia municipal de San Juan del Río; impugnó el proceso por considerar que tuvo irregularidades.

La autoridad electoral mandató al PAN a reponer la elección… ¡y designó al otro aspirante!

Roberto Carlos se mantuvo en el PAN pero no respaldó la campaña de su correligionario, Guillermo Vega.

Otros, de plano iniciaron la diáspora azul y se fueron a las filas del PRI. Muchos de ellos, simpatizantes, amigos o seguidores de Armando Rivera Castillejos.

El tercer elemento tiene que ver con la estrategia electoral. Destacar tres elementos; hubo un coordinador que nunca salió a coordinar; una campaña visual “plana”; con la misma imagen en todos lados, independientemente del candidato, la región y el cargo; y un concepto o slogan de campaña (“Vamos por más”) que por su falta de precisión se prestó al doble sentido.

La frescura nunca llegó a las filas del blanquiazul.

Un elemento más a agregar fue el menosprecio que se notaba en las actividades de los panistas, hacia los candidatos de los demás partidos políticos; específicamente hacia José Calzada Rovirosa y hacia Jaime Escobedo Rodríguez.

Baste recordar que ya cuando las encuestas mostraban la realidad -no ese famoso “dos a uno” que nunca existió- cuando ubicaban al blanquiazul abajo en las preferencias electorales, fue cuando voltearon a verlos.

El reto absurdo de Francisco Domínguez lanzado a José Calzada, de medir quién aportó más como legislador federal, o los irónicos comentarios de varios panistas, refiriéndose a Jaime Escobedo como un candidato “malo”, crearon una cortina de humo que solamente cegó a los del PAN, impidiéndoles ver que a cada día que pasaba, más equivocaban la estrategia.

Valdría la pena, igualmente, que los asesores de los candidatos panistas revisaran su política de no asistir a los debates públicos organizados por organismos intermedios o instituciones educativas.

Está claro que no ir a ellos, mina la presencia de los postulantes dejándole al ciudadano una visión de que algo oculta o no sabe. Cualquiera de estas visiones, resta votos.

*Responsabilidades externas

Hubo otros factores que no estuvieron bajo el control del panismo queretano. Es real. Sin embargo, a éstos no se les puede (ni debe) cargar toda la responsabilidad de la derrota.

Uno que vale la pena subrayar, fue la actitud beligerante, pendenciera y hasta grosera del presidente nacional blanquiazul, Germán Martínez Cázeres.

Por supuesto que también hay que incluir los cada vez más elevados niveles de violencia que vive el país por la guerra declarada a la delincuencia organizada; la crisis económica que, externa o no, igual agrede el bolsillo de los trabajadores.

Por eso, porque es multifactorial el análisis, los panistas -pensamos- requieren hacer una reflexión sincera, humilde, política y con visión al futuro.

No es una tragedia haber perdido las elecciones. El PAN tiene con qué recuperarse. El asunto es que lo entiendan. Será, eso sí, una tragedia, si deciden apostar, de inicio, con las renuncias.

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