11 de mayo del 2011

Código Político. Periodismo y violencia

 

 

Juan José Arreola

En estos tiempos ¿quién está seguro en México? ¿Quién puede presumir que disfruta de plena tranquilidad a la hora de caminar por las calles, de salir de la escuela, ir al trabajo o simplemente al momento de relajarse? Hay regiones en el país que, infortunadamente, viven de manera constante hechos de violencia pública; desde enfrentamientos armados hasta arrestos a plena luz del día. Ejecuciones o crímenes que aún o se explican o, mejor dicho, que aún no nos explicamos.

Otras regiones, que cada vez son menos, no tienen manifestaciones de inseguridad en tales dimensiones y quizá por eso se presume que son entidades o municipios libres de la violencia.

Sin embargo, esas expresiones existen aún cuando las tienen en otro nivel y que genéricamente se contemplan como sucesos normales, cotidianos, fuera de cualquier indicio de criminalidad y violencia exacerbada.

Esas son las que podríamos calificar de más peligrosas.

En territorios como el estado de Querétaro, en donde todavía no se ha expresado la violencia y la ilegalidad vinculadas a las organizaciones criminales, paulatinamente se manifiestan otros tipos de criminalidad que, infortunadamente poco caso les hacemos… y menos aún en las instancias gubernamentales.

Por cierto, es particularmente llamativo que en cada ocasión que se registra un suceso que supera la expresión “normal” de violencia o de delincuencia, la autoridad gubernamental correspondiente, resulta con un pronunciamiento que ya aprendimos: “es un hecho aislado”, que es el comentario favorito o, en su lugar, “el crimen organizado no pasará”.

 

*Criminalidad al alza

En Querétaro eso es un asunto cotidiano a pesar de que las estadísticas nos muestran que la criminalidad y algunas expresiones de la delincuencia, van a la alza.

 

Baste referir que en lo que va del 2011, el hallazgo en lugares públicos de cuerpos de personas que han sido ejecutadas es superior al total de reportados en toda la historia de la entidad.

Sumamos una docena, independientemente de que sus autores hayan sido o no miembros de los famosos cárteles de la droga, de bandas delictivas con fama nacional o de agrupaciones que se han convertido en el enemigo público número uno del Estado mexicano.

También en el transcurso de los 4 primeros meses de este año, hemos conocido de la muerte de ciudadanos sucedida en trifulcas callejeras, en brocas públicas o, como decimos comúnmente, en riñas colectivas.

La incidencia de robos, de robos con violencia, de robos a domicilios, de secuestros y, fundamentalmente, de actos delictivos en los que participan menores de edad, va a la alza.

Sumemos otras actividades que no están vinculadas con la delincuencia o con cuestiones que vayan contra la ley pero que pueden volverse un riesgo y derivar en hechos violentos, como es el caso mismo de las manifestaciones públicas o las “rebeliones” sociales.

En cualquiera de estos casos, independientemente de quiénes sean los protagonistas, el lugar o el momento en que se suscitan, su filiación o sus fobias político-partidistas, existe el riesgo real de que se generen hechos violentos.

Y es justamente en ese sitio, a esa hora, que el periodista, los periodistas, tenemos que estar ahí.

 

*Autoprotección

Este es el meollo del asunto y es el punto de inflexión en el que debemos detenernos para evaluar cómo los periodistas, cumplimos con nuestra labor de informar en este nuevo ambiente hasta ahora desconocido para nosotros.

Frente a los nuevos tiempos, a las condiciones de mayor violencia y criminalidad, obviamente no podemos seguir actuando de la misma manera, cual si no pasara nada.

Una propuesta que resulta destacable es la que plantea el colega Andrés Solís Álvarez en su libro “Manual de Autoprotección para Periodistas”, en el que el punto de partida es que la violencia ni es propia de un territorio como tampoco hay territorios a salvo de la misma. Es un fenómeno que puede estallar en cualquier momento, de cualquier punto geográfico o por cualquier motivación.

Como quiera que sea, los elementos policiales, los manifestantes, los de la organización delictiva, todos ellos, tienen previsto que habrá violencia. Los periodistas, infortunadamente, todavía no adquirimos la cultura de la prevención.

Ni quienes reporteamos cotidianamente, como tampoco aquellos que giran las ordenes de información, que solicitan que los primeros deben estar “en la línea de fuego, de tener las mejores tomas, los testimonios directos, la noticia en tiempo real, ganarle la nota a la competencia, sin que importe qué tanto tenga que arriesgarse el pellejo por un acontecimiento que de cualquier manera, todos los medios lo tendrán”.

Lo peor de todo es que ni a los jefes les importa la seguridad de los reporteros como tampoco al Estado, a los gobiernos, representados por José Calzada, Francisco Domínguez o por Hiram Rubio.

Invitado por la editora del suplemento cultural del “Diario de Querétaro”, Margarita Ladrón de Guevara, Solís Álvarez estuvo en Querétaro para presentar su texto acompañado por el que esto escribe y por el fotoperiodista, Demian Chávez.

Baste recordar que en su libro, Andrés Solís sustenta que de cada diez atentados a periodistas, tres provienen de la delincuencia organizada… pero 7 vienen de instancias de gobierno, sindicatos, gremios o de movimientos sociales.

Y en ninguna ocasión, los gobiernos han hecho algo para proteger a los informadores.

Asumir, entonces, que la violencia está vinculada solamente a las bandas delictivas organizadas, es un equívoco; profundizaríamos el error si de esta visión derivamos que quienes no vivimos esa realidad no tenemos por qué tomar medidas de protección.

Todo lo contrario y por eso es fundamental que además de conocer los riesgos propios que ofrece una situación de cobertura periodística, también lo es asumir con responsabilidad elementos básicos de seguridad personal.

El periodismo no ha perdido su sentido romántico, aventurero, gestor de emociones cotidianas. Sin embargo, los nuevos tiempos, la nueva situación que vivimos agrega la violencia a nuestra actividad. Eso ya debemos aprenderlo.

El “Manual de Autoprotección para Periodistas” pone sobre la mesa, la discusión de las condiciones en que los periodistas desarrollamos nuestro trabajo. Y si a nadie de los demás le interesa remediar la situación, vale la pena que por lo menos nosotros intentemos cuidarnos.

 

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