22 de marzo del 2011

¿Qué pasaría?

César Fernández M.

Mientras los aviones de combate ametrallan en las calles de Libia, mientras los dirigentes europeos se frotan las manos pensando en las próximas ventas de armamento a Gadaffi o a los insurgentes -para los tecnócratas de Bruselas y para los dirigentes de los 27 países miembros da igual quien sea el que finalmente gane el conflicto pues el mercado es el mercado-, mientras la UE demuestra una vez más que solo es un club de ricos y mediopensionistas, mientras continuamos bajo el mando de los cínicos y de los especuladores sin freno que han aprovechado para disparar el precio de la gasolina convendría homenajear a Mario Benedetti, una de las voces más claras del continente americano, un denunciante de tanta tropelía en las cuatro esquinas de este viejo planeta donde cada vez serán más frecuentes los desastres climáticos y los tsunamis.

Benedetti, escritor uruguayo de marcado carácter social, es conocido como el poeta del amor, el compromiso social y la utopía. Su poema ¿Qué pasaría? es un texto que debería ser leído en las escuelas cada 30 de enero, cuando se celebra el Día Escolar de la Paz y la No Violencia. A lo mejor convendría ponerlo con la canción Imagine, de John Lennon, otro alegato a favor de los ideales que ya no se llevan en estos tiempos. Y dice Benedetti: ¿Qué pasaría si un día despertamos dándonos cuenta de que somos mayoría? / ¿Qué pasaría si de pronto una injusticia, solo una, es repudiada por todos, todos los que somos, todos, no unos, no algunos, sino todos? / ¿Qué pasaría si en vez de seguir divididos nos multiplicamos, nos sumamos y restamos al enemigo que interrumpe nuestro paso? / ¿Qué pasaría si nos organizáramos y al mismo tiempo enfrentáramos sin armas, en silencio, en multitudes, en millones de miradas la cara de los opresores, sin vivas, sin aplausos, sin sonrisas, sin palmadas en los hombros, sin cánticos partidistas, sin cánticos? / ¿Qué pasaría si yo pidiese por vosotros que estáis tan lejos, y vosotros por mí que estoy tan lejos, y ambos por los otros que están muy lejos y los otros por nosotros aunque estemos lejos?

Las palabras del escritor acaban pidiendo que rompamos las fronteras y que quememos todas las banderas para tener una sola, la nuestra, la de todos. O mejor ninguna, porque no necesitamos las banderas. Un alegato a favor del género humano por encima de las diferencias, mientras los políticos del mundo prosiguen con sus ejercicios de cinismo.

Los aduladores del Líder

Uno sabe cuándo un gobierno o un partido están acabados. Existen unos signos inconfundibles. En primer lugar, cuando nadie es capaz de decirle al líder que se equivoca, aún cuando ve como todo a su alrededor se desintegra rápidamente. En segundo lugar, cuando el líder cede a las presiones de “moscas cojoneras”, movidas por el calor que emana del dinero. En tercer lugar, la corte de pelotas y aduladores bien pagados por sus genuflexiones rituales e infinita mortificación teatral ante un líder en decadencia fulminante. Este último, es tan interesante que incluso en la obra “El Príncipe”, Nicolás Maquiavelo dedica un capítulo al tema.

Sostiene que es natural que los aduladores rodeen al gobernante, puesto que es poderoso y todos quieren ganarse sus favores. El peligro que se corre con ellos es que impiden al gobernante ver la verdad. Las adulaciones al gobernante provienen de todo lado, y éste termina creyendo que todo eso es verdad, que todo está bien, que es amado por su pueblo, que nadie lo odia y que por lo tanto no corre ningún peligro. Si el gobernante cree, como es frecuente, entonces no tendrá una visión real de lo que ocurre con su pueblo y sus enemigos. Terminará cegado y caerá inevitablemente por no haber podido ver la verdad. ¿No les suena de algo?

Así hay muchos en el Gobierno de México y en el Ayuntamiento de Jalpan de Serra. También, Aristóteles, tenía alguna reflexión sobre los aduladores, diciendo que “todos los aduladores son mercenarios, y todos los hombres de bajo espíritu son aduladores”. Tenía razón, basta con observar el servilismo exagerado para complacer a su amo, que por otro lado, está ajeno de que le van a cortar la cabeza políticamente hablando. ¡Da grima!

Cuando esto sucede, el poder cae en manos de mandos intermedios que lo filtran todo. Se convierten en jefecillos despóticos e inflexibles que no sólo están cavando su propia fosa política sino que de paso, preparan el sarcófago del líder.

Estos “poderes intermedios” son como los perros, amigo fiel del hombre, que ni ladra ni muerde, mientras se fragua una injusta venganza. Sin embargo, ya el dramaturgo inglés, Chapman escribía que “los aduladores se parecen a los amigos como los lobos a los perros”. Si el líder espera que sus pelotas le acompañen hasta el final, está equivocado.

Estos paletos sucios e ingratos de espíritu, animaluchos paganos jamás serán hombres fieles. Pues la lealtad, según el rosacruz que había en William Shakespeare, “tiene un corazón tranquilo”, algo de lo que no pueden presumir muchos.

Finalmente, en esta dimensión del peloteo, “el amor propio es el más grande de todos los aduladores”.

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