20 de junio del 2011

Las tías. Siempre Juntas

Edmundo González Llaca

A Armando Eusebio Ruiz Pérez, queretano por decisión propia, en reconocimiento a su esfuerzo permanente por elevar la vida cultural de Querétaro.

Desde niñas consideraron que todo era un buen motivo para pelear; pero el destino se ensañó con ellas y nunca pudieron separarse. Ambas quedaron solteras por distintas razones. No diré sus nombres porque, a pesar de que eran tan diferentes, en algo coincidían: en su temor al qué dirán. La frase que más les escuché en vida fue: “Yo estaba roja y me moría de vergüenza”.

La rubia y más joven era delgada y con inclinaciones intelectuales, su pasión eran las novelas de la Revolución. Nunca se le conoció novio, sólo una aventura. Cuando tenía 19 años, mi bisabuela la llevó al circo, al final de la función un hombre maduro, por la estratosférica cantidad de un peso, le explicó todos los monstruos vivientes que acompañaban al espectáculo: el hombre foca, que no le crecieron los brazos porque de niño le pegó a su mamá; el hombre más grande y la mujer más gorda del mundo, que nunca han podido viajar en coche porque no caben.

Al final del recorrido el hombre invitó a mi tía a visitar a los monstruos, las veces que quisiera y totalmente gratis. Ella fue todos los días durante una semana completa, el último día desapareció junto con la carpa.

Dos meses después regresó a la casa, tenía la mirada perdida y estaba sumamente demacrada. Como un fantasma, con un bulto en las manos, atravesó la sala en la que se realizaba una reunión familiar y se metió a su cuarto. Mi bisabuela se fue tras de ella y la encerró con llave. Tres días después, al observar que no había ninguna protesta ni intento por abrir la puerta, ella entró al cuarto.

La tía estaba acostada con la mirada clavada en el techo. Al lado de la cama estaba una madera de las que utilizan las dulceras para mostrar su mercancía. Eso había sido con lo único que había regresado. Durante esos tres días, se había comido todos los dulces y se había fumado todos los cigarros. Mi abuela ya ni siquiera la regañó.

Por convicción, mi tía decidió no sólo quedarse soltera, sino ni siquiera tener contacto con amigos. Un día, después de que se la había pasado leyéndome versos de Gustavo Adolfo Bécquer, me atreví a preguntarle por qué no se había casado. Ella cerró el libro y, sin el menor gesto de dolor, empezó a llorar. De su rostro impávido vi correr unas lágrimas panzonas y frías, me dijo: “Él explicaba los monstruos y él era todos los monstruos juntos. En él conocí a todos los hombres y estoy segura que ninguno me interesa.”

Pocos días después tuve la primera pista sobre la causa de su huída y su profundo dolor. Antes de seguir es necesario que el amable lector sepa que en la casa había un secreto a voces: mis tías no acostumbraban a usar calzones, salvo cuando la naturaleza les recordaba con énfasis su capacidad reproductora. Esto era motivo de burlas entre la servidumbre que, sin ningún empacho, incluso ante mi presencia, lo platicaban. En una ocasión que yo estaba presente se acercó sigilosamente mi tía la mayor y escuchó el pitorreo que al respecto hacían las lavanderas, las interrumpió abruptamente y les dijo: “Quiero que sepan que ni mi hermana ni yo usamos calzones porque el roce de la tela en la parte más sensible de nuestro cuerpo, no digamos cuando se mete ahí, nos perturba. En señoritas mayores como nosotras esta circunstancia nos pone en riesgo de ofender a Dios por pensamiento. Que les quede claro, no usamos calzones porque seamos sucias, sino para mantenernos puras del alma. ¿Tienen alguna pregunta?” Todas quedaron mudas y nunca más volvieron hablar del tema.

En una ocasión invité a mi tía la joven a que me ayudara a cortar unas ciruelas de una rama de un árbol del vecino y que colgaba en nuestro patio. La operación tenía cierto peligro, pues había la necesidad de colocar una escalera en la pared, pero el terreno irregular del piso obligaba a sostener con firmeza la escalera. Llamé a mi tía la joven para que me ayudara, la apresuré porque el cielo estaba nublado y empezaba a chispear. Ella salió de su cuarto con una falda amplia, sin fondo, como en esa época se acostumbraba.

No había ninguna malicia en mi invitación, prueba de ello es que yo fui el primero que intenté subirme a la escalera, pero mi inseguridad y torpeza la llevó a ordenarme a que me bajara y que ella cortaría las ciruelas. Yo me puse al pie de la escalera, ella se recogió la enagua para no pisarla y empezó a subir. Conforme fue ascendiendo el panorama me empezó a inquietar, con la mirada minuciosa de un relojero primero vi sus tobillos, después sus piernas, luego sus nalgas desnudas y quedé pasmado ante esa extraña oscuridad que deslumbra partida por un tajo.

Regresé a la realidad cuando a la mitad de la escalera ella me gritó varias veces: “Edmundo, Edmundo, ve por una tinita a la cocina para poner las ciruelas que te aviente”. Ni un corredor jamaiquino hubiera podido cumplir con tal rapidez la instrucción, de regreso de inmediato me coloqué bajo la escalera. Ella me tiraba las ciruelas, yo las cachaba, las ponía en la tina y regresaba solícito a mi lugar. Conforme ascendía, yo sentía una emoción que se acrecentaba y enrojecía mi rostro. Tres llamas lo encendían, la del atrevimiento, la del deseo y la de la culpa. Pensé que en cualquier momento podía desmayarme. Terminada la operación, arriba de la escalera giró sobre sí misma para bajar de espaldas, con cuidado se volvió a remangar la falda por el frente y en forma lenta y parsimoniosa empezó a bajar escalón por escalón.

Ya, para entonces, yo estaba como poseído, había perdido todo pudor, agachaba aún más la cabeza y estiraba el cuello para quedar exactamente debajo de ella y deleitarme con un horizonte que no solamente había cambiado la perspectiva sino que permitía observar con toda su magnificencia semejante aparición. Finalmente la recuerdo frente a mí, con la mirada dura y clavada en mis ojos. Me tomó de los hombros, comprendí mi desvergüenza y me puse a temblar, en búsqueda mañosa de su perdón. Ella habló:

-“No te voy acusar con tu abuela ni con tu madre (Obviamente omitió a mi abuelo, del que solo hubiera merecido una sonrisa y hasta una felicitación por mi oportunismo visual). Así que primero cálmate. Edmundo, lo que viste es un misterio. Es mi misterio. ¿Lo entiendes? Te permití verlo porque algún día tendrás a tu disposición otro misterio, para verlo sin culpas y para tu placer. Y cuando esto suceda quiero que recuerdes bien que a un misterio se le respeta. A un misterio no se le lastima, no se le hiere, no se le ofende”.

Yo bajé la cabeza, abrumado por la tensión. De pronto ella me sacudió violentamente los hombros, una y otra vez. Cuando sorprendido volví a verle la cara, tenía los ojos cubiertos de lágrimas, el rostro desfigurado y empezó a gritar como nunca antes lo había hecho, con las mandíbulas apretadas, como para que sus palabras me taladraran aún más profundo: “A un misterio se le respeta. ¿Me oyes? ¿Me estás oyendo?”

Como pude me desprendí de sus garras y salí corriendo. Ya escondido en un rincón de la casa, sintiéndome una miseria, me puse a pensar. No entendía claramente su extraño discurso, aunque bien sabía que la había ofendido gravemente, pero su desplante violentismo también me hacía sospechar que algo había más de fondo en su desmesurada reacción. En pocas palabras, no era para tanto. Varios años después, al leer el Ulises Criollo, la comprendí.

Vasconcelos narra que su padre lo enviaba a ayudar a una familia judía que tenía un negocio, cierto día al recoger su trompo, sentada en el suelo estaba la señora y mostraba sin querer “la parte más secreta de su belleza rubia”. Vasconcelos remata la experiencia: “En lugar del letrero “Joyería” que acababa de anotar hubiera escrito: “Misterio maravilloso”.

En ese momento hice la remembranza de la visión, ciertamente mi mirada había estado focalizada en la grieta rosada de su sexo, pero poco a poco también recordé que sus ingles tenían cicatrices, marcas negras, quizás quemadas o sangre acumulada; en su pubis había partes ralas, rodeadas de tupido vello. Esa evocación de mi mirada indiscreta, que primero había quedado en mi memoria como una experiencia placentera y bochornosa, al saber el motivo de la reacción furiosa de mi tía, quedó como un recuerdo doloroso y agrio. Comprendí que su “misterio maravilloso” había sido flagelado, herido, profanado. Lastimado para siempre, a los 19 años.

Su tacañería afectiva al sexo contrario la compensó con una gran dadivosidad hacia los perros. Tenía, sin embargo, una curiosa afición, después de muertos los animales -para no extrañarlos- los disecaba y los ponía en la sala, según esto, de adorno.

El último de los perros, un bóxer, tuvo la desdicha de morir un miércoles de Semana Santa y no encontraron al taxidermista. Mi tía lo guardó en un ropero. Para el domingo en la noche el olor dentro de la casa era insoportable y mi otra tía trató de tirarlo a la calle, lo que motivó una lucha sangrienta y feroz, lo único que logró la tía quejosa fue que la dueña de perro sacara al animal al jardín. Ésta, ya desesperada, con un cuchillo de cocina intentó sacarle todas las vísceras al perro. A la mitad de la operación mi tía se desmayó.

Muy temprano, el lunes, a mi tía la internaron en un hospital y al perro lo llevaron al taxidermista. La amorosa propietaria no se recuperó hasta que no le llevaron a su bóxer disecado. Como habían pasado muchos días de la muerte del perro y lo que había hecho mi tía no había sido un trabajo muy profesional, el perro disecado quedó como una especie de camello, enano y panzón, por si fuera poco, con los ojos desnivelados. Pero allí estaba en la sala, orgulloso, como el jefe de toda la jauría.

Mi otra tía, la mayor, era apiñonada y regordeta, se quedó soltera contra toda su voluntad. Era una especie de Susanita de Mafalda, todo lo vinculaba con el amor y con su príncipe azul. Nunca se casó porque jamás logró superar una ligera diferencia con mi bisabuela: a mí tía le fascinaban los militares y mi bisabuela los detestaba. Su juicio inapelable era: “El que no tiene sífilis, huele a caballo”. Le corría todos los pretendientes con uniforme.

En su cuarto mi tía tenía un retrato de Lázaro Cárdenas. Un día me platicó que el general la había pretendido pero mi bisabuela, más furiosa que un perro de azotea, lo había sacado de la casa a empujones. Un mozo me dio otra versión, caminaba con ella por las calles de Querétaro y de improviso pasaron por una tienda de antigüedades, ella vio el retrato de Lázaro Cárdenas en el aparador y dijo, sin más ni más: “Ese fue mi novio”. Entró a la tienda y lo compró. Lo cierto es que en todas las mudanzas nunca faltaron los perros disecados y el retrato de don Lázaro.

Esta tía siempre mantuvo su coquetería, a los 80 años se maquillaba todos los días, aunque últimamente le había dado por beber. Esto no era realmente importante, lo grave es que ya borracha golpeaba a mi otra tía y la dejaba como santo Cristo. Hace meses que las fui a visitar y un vecino me pasó el chisme. Le pregunté a mi tía la causa de su agresión. Muy seria, con la mirada baja, y mientras se alisaba una y otra vez la falda, me explicó: “Tengo que ayudar a tu tía; si no la castigo en la Tierra por todos sus pecados, que de seguro cometió con el cirquero, se va a ir al infierno”. No sé por qué sentí en sus palabras, más que un propósito de redención, un dejo de envidia.

Hoy vino un primo para informarme de la muerte de ambas. Al final de su vida tuvieron una circunstancia favorable, hace unas semanas una de ellas pasó con el enterrador del pueblo y dejó pagados todos los servicios de un funeral. El sepulturero fue a visitarlas a su casa para enseñarles el muestrario y descubrió los dos cadáveres.

Al parecer murieron de intoxicación por una fuga de gas, cada una en su recámara. Mi primo fue a buscarlas al cementerio y no las encontró. El de la funeraria le explicó después: “Estaba difícil que las hallara pues están bajo una sola cruz. Las dos se querían y se llevaban muy bien, prueba de ello es que hasta murieron al mismo tiempo.” Al observar la cara de escepticismo de mi primo, el de la funeraria agregó: “Bueno, no sé cómo se hayan llevado, lo único que sé es que el dinero que dejaron sólo alcanzó para una cruz y una caja”. Ojalá que juntas, pero ya muertas, descansen en paz.

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